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Los vecinos ven con impotencia cómo las llamas rompen sus sueños, mientras cuadrillas terrestres y medios aéreos trabajan a destajo.

Simeón Vicente, en primer plano, con la cuadrilla que reposta agua
Simeón Vicente, en primer plano, con la cuadrilla que reposta agua
Oliver Duch

El paisaje lunar del color gris de la ceniza contrasta con las fincas agrícolas a las que no han llegado las llamas del incendio de Nonaspe que ya va para su cuatro días activo. Parece casi un milagro. Aún así, la imagen es desoladora para los agricultores, vecinos de la zona y para cualquiera que imagine que aquí había un pulmón verde. El silencio lo rompen los helicópteros y los hidroaviones que a las 11.20 descargan agua para refrescar.

El olor a quemado es intenso, pero a los pocos minutos uno se olvida de él. “No me quedan fuerzas ni para llorar. Hay propietarios que están fuera y no me atrevo ni a llamarles para contarles cómo han quedado sus fincas”, dijo Simeón Vicente, vigilante de la Comunidad de Regantes junto a la balsa en la que cargan agua los helicópteros que operan en el flanco izquierdo, el que menos preocupa a los técnicos de extinción. Le llaman por teléfono para pedirle que ponga en funcionamiento los aspersores que ayudan a humedecer el terreno y protegerlo de algún conato. Tiene una casa de turismo rural en la localidad y le preocupa también “cómo puede afectar” el incendio a los recursos de la zona y su atractivo para los visitantes.

En esta misma zona, una autobomba del Gobierno aragonés rellenó agua en uno de los hidrantes de los campos. “Tal como están las circunstancias, todo el mundo hace más de lo que puede. La situación está complicada de verdad, es horrible”, explicó Antonio Guardia, brigadista desde 1994.

A las 13.30, el termómetro superó los 35 grados, soplaba bochorno del sur que llegaría a alcanzar rachas de 50 kilómetros por hora y el temor era que las llamas rebrotasen en algún punto de las 1.800 hectáreas afectadas.

Los medios aéreos son esenciales para frenar los grandes fuegos como este, pero sin las cuadrillas terrestres sería imposible apagarlos del todo. En una mañana relativamente tranquila, sin ningún susto, una parte de los brigadistas hacen lo que llaman un “trabajo de remate”, explicó el jefe de servicios de incendios de la DGA, Jorge Crespo. Sobre una cresta del flanco derecho, que se ha convertido en un quebradero de cabeza para los técnicos, unas 15 personas se afanan en perimetrarlo. Consiste en crear “a pico”, literalmente, una “línea de control” que rodea la superficie calcinada y evita que los posibles rebrotes se propaguen. Van con el equipo a cuestas y muchas veces subiendo por laderas escarpadas.

“No hay un perímetro definido”

“No hay un perímetro definido y eso dificulta las labores. Es un mosaico de zonas cultivadas, monte bajo y pinar, y en la parte de los cultivos el fuego se abre porque no tiene continuidad el combustible, hace zig zag por las riberas y la vegetación. El patrón de propagación no es recto”, comentó Crespo. En una infografía del avance de este ‘ser vivo’ se ve que presenta una cabeza doble.

El terreno es una complicación añadida. Los caminos son estrechos y serpenteantes. Cuando discurren por las hectáreas devastadas, a sus lados dejan rastros de olivos, cerezos y pinos ennegrecidos. Las conducciones de riego por goteo han quedado completamente fundidas.

Un hidroavión tipo Foca del Ministerio, que viene del embalse de Mequinenza, descarga sobre un pequeño foco a las 15.15. En cada trayecto echa con increíble precisión unos 3.000 litros y los helicópteros entre 500 y 1.100, depende del modelo. Sobrevuelan la zona en carrusel. Para coordinarlos, por encima de ellos surcan el cielo turnándose un helicóptero de coordinación del Gobierno aragonés, en el que además del piloto puede viajar un técnico, y un avión de comunicaciones y observación ACO.

Unos kilómetros más adelante, a las 15.45, una cuadrilla de Villanueva de Gállego tiende una manguera para refrescar un paraje cuando el termómetro marca ya 41 oC. En el lugar se encuentran también efectivos de la Unidad Militar de Emergencias (UME).

Tras muchas horas de viento y temperaturas tórridas, los peores presagios se cumplen a las 16.27. Una humareda negra anuncia que las llamas se han reactivado allí donde un rato antes parecía que casi se podían dar por apagadas. Otra vuelta de tuerca más ante la que se sumó al operativo la cuadrilla helitransportada de Calamocha. Hasta el ocaso fueron seis helicópteros en acción, además de los dos hidroaviones. Todos tienen claro que el fuego, aunque con menos fuerza, sigue acosando. 

 

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