Esperanza valenciana

Origen: Esperanza valenciana

Escrito por  Laura Castel

Llevo dos días entre «mierda». El domingo por la mañana dejé Teruel mientras los empleados del servicio de limpieza hacían lo que podían para limpiar las calles de basura e intentar que el pavimento del suelo perdiera el olor a vino y meados. Ayer, al llegar a la redacción, me esperaba otra clase de mierda, los purines. Se trata de uno de esos temas que nos gustan poco a los periodistas porque «huelen» de lejos.

Con esta expresión no me refiero al olor del purín si no a que se trata de un tema delicado del que muchos aún se niegan a hablar y que prefieren obviar de una u otra forma (no respondiendo al teléfono, por ejemplo). Lo único que está claro es que el Matarraña ya tiene dos pueblos en que no se puede beber agua de boca y en los que, aunque nadie lo diga directamente, los purines parecen tener parte de culpa.

Tradicionalmente, los granjeros les daban salida utilizándolos como abono para el campo pero las normas que llegan de Europa son cada vez más restrictivas aunque sin ofrecer una solución a uno de los sectores estratégicos del Matarraña. Tres localidades de la parte alta, Fuentespalda, Peñarroya y Monroyo fueron declaradas zonas vulnerables por lo que ahora pueden verter un 30% menos. Precisamente, la elevada concentración de explotaciones porcinas en la zona impulsó hace unos años la construcción de dos plantas de tratamiento de purines en el Matarraña, concretamente en Peñarroya de Tastavins y Valderrobres, en las que se invirtieron 14 millones de euros de fondos europeos. La de la capital del Matarraña aún está terminando de constituir su junta gestora y la de Peñarroya estuvo operativa tres años pero se tuvo que cerrar en 2013 por sus altos costes. Una vez se construyó una planta de biogás para que así fuera rentable, sigue durmiendo el «sueño de los justos» a la espera de que se adjudique y una empresa la gestione.

Éste será uno de los temas que tendrá sobre la mesa la nueva corporación comarcal del Matarraña que se constituirá el jueves. Dicen que el pacto entre PSOE y PAR está cerrado con un cambio de sillones, para los socialistas la presidencia y para los aragonesistas la vicepresidencia (así habrá un mayor entendimiento con DGA, al compartir color). Un pacto y la elección de los candidatos que, por cierto, no ha acabado de sentar bien a las bases, que pedían una mayor renovación de nombres.

Otro de los asuntos a los que deberá estar pendiente la administración es que la N-232 tenga una cuantía elevada en los presupuestos de 2016 para que las obras mantengan un buen ritmo y finalicen cuanto antes. Hablando con los alcaldes la semana pasada me sorprendió que todos nombraran al nuevo presidente la Generalitat Valenciana, Ximo Puig, como la persona que más puede ayudar a que esas obras tiren adelante y no sufran el enésimo parón. Tiene buenos contactos en su partido y como exalcalde de Morella, habrá sufrido en innumerables ocasiones las curvas del Port de Querol y seguro que también las de Monroyo. Por ello, no me sorprendió que hicieran referencia a Puig sino que ninguno nombrara al nuevo ejecutivo aragonés como baluarte para que las obras se mantengan a un buen ritmo. Unas horas después, casi a punto de cerrar el reportaje, nos llegó una nota de prensa del Gobierno de Aragón. El nuevo consejero de Vertebración del Territorio y Movilidad enumeraba sus prioridades en materia de infraestructuras. Entre ellas, el desdoblamiento de la N-232 entre Figueruelas y Mallén. No aparecía ni el tramo bajoaragonés de la A-68 ni las obras de Monroyo.